Sindrome De Domingo Por La Tarde

domingo, 8 de mayo de 2016

Tu entregador.

Vivía la mayor parte del tiempo viajando en colectivos, aunque no sabía manejar.

Manejar implica muchas situaciones en la vida: Manejar un vehículo, manejar situaciones, problemas, discusiones, manejar un grupo de personas, manejar la vida, aunque no sepas manejar.

Carlos era todo lo que una mujer hubiera soñado, caballero como esos de los años ´50. Con mucha presencia, cabellos oscuros, con un maridaje justo entre sentido del humor, sarcástico y buenos modales.

Ya llevaba un tiempo sin tener ninguna relación seria, la última había ocurrido hace un par de meses con una actriz devenida a menos en el que la relación se basaba en concurrir  lugares como bares, bares y también otros lugares llamado bares. Solían ir de copas, porque tanto  Elsa como Carlos no diferenciaban las 12 del mediodía como las ocho de la noche para saborear sus favoritos Martinis y Tom Collins.

Después de decenas de tragos, entre humo y mala iluminación comenzaban las discusiones. "Esa clienta tuya es una entrometida, usa faldas muy cortas, se te insinuó" "no quiero que me toques, de seguro ya has tocado a otras" o la repetitiva "¿a estas altas horas de la noche tienes trabajo?"

Carlos se ganaba la vida siendo detective privado, no ganaba mucho, pero lo suficiente como para pagarse sus vicios y los de Elsa, pagar su oficina en el barrio de Chacarita, donde no se sabía en qué lugar había más fallecidos, en el cementerio o en su cartera de clientes.

En su época junto a Elsa, un día recibió un llamado a la una de la madrugada de  domingo.
Era Víctor, su socio que vivía en las afuera de Capital Federal, en Lobos.

El le informó que había un cliente que le podría llegar a interesar, se trataba de un empresario que trataba de seguir a su esposa que se había ido hace un año con sospechas de estar con su mejor amigo.

Al llegar a Lobos, se encuentra con Víctor que lo lleva en su auto hasta la casa del empresario, ni siquiera sabían su nombre, solo tenían la dirección en donde vivía, lo cual resultó extraño para Carlos.
Llegaron, golpean la puerta de un viejo PH, eran de esas de doble hoja, roble quizás, nos encara un señor con pelos tan blancos como la sotana de  una monja dominical y antes de dejarnos entrar nos dice: "El señor Brown no los atenderá, les entrego esta carta en representación de él, también quiso dejar sus honorarios junto a las indicaciones correspondientes, espero sean suficientes, muchas gracias y vuelvan en cuanto tengan resuelto el asunto."

Acto seguido, al instante como si fuera una navaja recorriendo velozmente la yugular, se sintió como dio un portazo cerrando las dos hojas de aquella puerta tan espesa y opaca, casi convirtiéndose en algo oscuro, como la noche que se nos avecinó.

La carta enuncian: "Encontrá a mi esposa, traerla de nuevo hasta mi hogar y en caso de tener éxito en dicho trabajo, se le pagará el doble del valor de los honorarios siempre y cuando nadie sepa que haya traído a mi mujer hasta mi domicilio."

Una breve descripción de la mujer le trajo un mal augurio: flaca, 1,75, ojos color verde, cabellos color castaño, fumadora y con un pequeño lunar debajo de su ojo izquierdo. Solo sabía que se encontraba en Capital Federal, precisamente en el centro.

Carlos intentó no perder la cordura y ante la atenta mirada de Víctor antes de marcharse dejándolo en Cerrito y Córdoba le pregunta: "¿te sentís bien? pareciera como si hubieses leído tu epitafio" Carlos se bajó del auto y antes de cerrar la puerta le dijo: "Si llego a encontrar a esa mujer y no me ves por los bares durante un tiempo, no me busques, este caso es personal."
Imitando el portazo tajante que había dado aquél personaje de cabellos blancos, casi le rompe un vidrio al auto, mientras se iba de espaldas fumando un cigarrillo aplastado por haberse quedado dormido en el viaje de regreso a Capital.

Él sabía donde podría encontrar a aquella mujer, comenzó a recorrer Reconquista, bar por bar, preguntando y dando esas características tan comunes que hasta la mesera podría ser la esposa del empresario.
Este caso era más difícil que acertar al caballo ganador, en esos días que el sol no te deja ver más allá de la terminación del cigarillo consumiéndose poco a poco hasta extinguirse delante de tus labios.

Llegando a "Macondo", su lugar favorito, en el cual solía emborracharse con Elsa hasta el hartazgo para olvidar que su trabajo era  un fiasco, que vivía en una caja de zapatos y que su relación con ella se estaba empezando a desbordar por sus ataques de celos etílicos.

Al entrar se acercó hasta la barra y se encontró con una mujer, vestida más para un cóctel nocturno que para estar haciendo trámites a las dos de la tarde de un martes.

Se acercó y al mirarla se dio cuenta que la que tanto atención no era otra más que Elsa. Ella lo saluda con un Campari en mano y le acercó un Martini que tenía preparado para él, como  esperándolo precisamente aquél día y en esa hora exácta.

Charlaron durante horas, bebieron durante horas y discutieron durante horas. En eso se basaba su relación con Elsa, era un estado cíclico en el cual se sentía atrapado sin poder salir.

Antes de despedirse, Carlos notó algo que lo alarmó. Entre la nube espesa de alcohol y nicotina, Carlos observó ese lunar bajo su ojo izquierdo que siempre estuvo ahí, notó que era castaña, ojos claros casi esmeralda, y si uno hacía poco de esfuerzo, con esos tacos también era alta.  Carlos siempre se negó a ver la verdad.

Inquieto, Carlos le preguntó dónde había vívido antes de estar en Capital, cosa que jamás había preguntado, cuando ella pronunció con sumo cuidado y hasta en casi cámara lenta según la visión teatral de él, escuchó la frase "Soy de Lobos, nunca me escuchaste, te lo he dicho cientos de veces".

Con temor y antes de que siga todo como de costumbre, ella pidiéndose otro trago y lanzándome toda su artillería a través de su lengua cual guillotina, le pregunto a qué se dedicaba su pareja anterior, en el momento que me dijo: "estuve casada con un pseudo empresario que me hacía la vida imposible", estallé de estupor.

Elsa, con cara de miedo me preguntó por qué quería saber todas esas cosas. Saco de mi bolsillo la carta firmada por un tal Sr. Brown que al verla la hizo estremecer y cada poro de su piel se abrió como una flor en primer sol de primavera, se largó a llorar.

"¿Así que vas a ser mi entregador, me vas a llevar con él?" gritaba Elsa mientras me arrojaba lo que quedaba del Martini, golpeando de una manera nada graciosa la aceituna en mi cara.

"Mirá, Elsa. Nos conocemos hace un tiempo, no sé nada sobre tu pasado, no sabía que vos eras casada, que alguien te estaba buscando, que te habías venido con un tipo hasta acá" Ella no reaccionó, simplemente me miró y volvió a pedir otro trago. El ciclo volvía a comenzar.

"El me pegaba, me tenía como prisionera de su vida, por tener mucho dinero me trataba como una propiedad privada, había perdido mi felicidad. Un día en que él se fue a jugar golf con sus amigos tomé coraje y me escapé hacía la terminal de omnibus y me vine hasta capital, eso que anduve o me escapé con su mejor amigo no es cierto, el amigo lo desapareció la policía, era cafiolo. Un día lo encontraron en uno de sus tantas casas dónde trabajaban sus chicas y entre ellas había una menor, 12 años tenía. La policía no lo perdonó, no lo vieron más." Carlos, desconcertado tomó una decisión:
se acercó a Elsa y con su navaja de bolsillo hizo algo impensado. "quédate quieta" le dijo, mientras tomó con sus manos un mechón grande de sus cabellos castaños y de un tirón cortó una gran cantidad...

"Andá, querida, viajá lo más lejos posible, que el entregador ya planeó una coartada para vos. Te quiero, pero tenés que dejar Buenos Aires, así como yo tengo que dejar de tener clientes que me separan de amores como el tuyo.

Con un abrazo sentido, Carlos la dejó tomando un último trago y se despidió. Se acercó a una cabina telefónica para llamar a Víctor, marca y de inmediato atiende.  "¿Novedades? " pregunta desde el otro lado del teléfono. "Si, la encontré, pero me amenazó con un arma, la tuve que matar y tirar el cuerpo al río. Volvamos a lo de Brown, que le tengo un souvenir para él, uno de calibre 45..."

Juano.

posted by Juano Monzón at 22:17

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