Y ahí estoy, mirando por la ventana, como sorprendido por cada gota que se estrella contra ese suelo de césped ficticio, porque no hay pasto natural y ella quería que al menos hubiera algo verde en el jardín , casi como un capricho al que accedí fácilmente.
Sentado en una banqueta de estilo francés, observo la lluvia. En una esquina del cuarto, ella de espaldas. Victoria es frontal, de cabellos castaños y con una personalidad digna de cualquier libertador latinoamericano, así de avallasante. Ahora la veo más como un pollito mojado, hurgando entre sus papeles una y otra vez, releyendo sus cosas de política que nada tienen que ver conmigo, con una paciencia milenaria ella me explica todo, pero TODO.
Yo, como buen inexperto en esos temas, asiento con la cabeza hasta simulando entender de qué me está hablando.
Un rayo cae en el jardín de fantasía, logrando quemar una parte de ese pasto que no es pasto. La luz se va, ella gira hacia mi y pregunta: "¿Ernesto, salimos?" Caminamos en los días de lluvia, es algo que nos hace sentir tan vivos, tan llenos de sentidos, tan de este mundo. Empaparse, dejar que corran las gotas como si fueran una red que te atrapa todo el rostro, arrastrando y cambiando todas las facciones, desfigurando esa mascara del alma a la que llamamos rostro.
No usamos paraguas, Victoria dice que con mojarnos nosotros es suficiente, no es necesario que se moje alguien más (refiriéndose al paraguas). Ella suele tratar como personas a casi todo, una vez trató de salvar una veleta de un día ventoso, dijo que le dolían las aspas, tanto como a ella las alas. Yo asentí de nuevo con la cabeza desorientado y tapando con mis manos algunos bostezos que se asomaban junto a sus palabras que oía una y otra vez.
Durante el camino de regreso encontramos un sapo, ella sin dudar un segundo lo levanta, me mira a los ojos y exclama: "imposible que sea príncipe, hace cuatro años que te besé" y larga una carcajada. Sin saber que contestar, callado observo ese cielo gris lleno de individuos en forma de gotas, que golpean y golpean como si fueran misiles a punto de estallar en nuestros pilotines inmersos de olor a naftalina.
Llegamos a casa. Entramos al cuarto y ella vuelve a sus papeles, yo a mi vieja banqueta. La luz volvió, ver cada gota golpeando esos pelos sintéticos de color verde también. Mientras Victoria se pone de espaldas nuevamente, intento no quedarme dormido frente a la ventana. Porque sigo mirando la lluvia sin saber si estoy despierto o tal vez soñando con la lluvia y un jardín verdadero.
posted by Juano Monzón at
20:21
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