Sindrome De Domingo Por La Tarde
martes, 18 de octubre de 2016
De zurdos y de suerte.
La mala racha se avecina y seguimos tirando sal en esta cueva de vampiros diurnos, sin ristras de ajo ni buenos augurios que soplen a la vuelta de la esquina.
Horacio se encontró sentado en aquel sofá de terciopelo verde en una de esas casonas antiguas convertidas en Starbucks, observó toda la arquitectura tan hermosa, se preguntó como había acabado tal casa aristocrática en un sucucho para gente que no sabe distinguir entre un cuadro de Monet y otro de Manet.
Mientras él escribió en su libreta color ocre anotaciones para su próximo libro, en aquella mesa tipo de escritorio de 3 pies, que era tan diminuta que solo cabía su café doble expreso, que de expreso solo tuvo el nombre, acabó esperando en fila y caja unos 25 eternos minutos hasta poder recibir dicha infusión y posicionarse en el único lugar disponible en aquella "mansión/local".
"Arte, corrompido, hombre, destino, historias" todas palabras trilladas y sin argumentos que no le inspiraban absolutamente nada, arrancó la hoja y la terminó usando de apoya vasos dibujando un perfecto círculo de humedad.
Zurdo desde que nació, siempre sufrió las complicaciones de un mundo para derechos, derechos que no existían, derechos que no se ejercían y zurdos que eran nadies. Desde escribir sus primeras palabras en el colegio hasta abrir una lata de atún, "zurdo pero no inútil" enunciaba en cada triunfo en este mundo de derechos, de centros pero jamás de zurdos.
Volvió a su libreta y escribió "tengo sueño y no es un sueño..." ese iba ser un comienzo extraño para cualquier relato, pero al menos ya tenía algo. "You must believe in spring" de Bill Evans sonaba en sus auriculares, aunque solo del lado izquierdo, como su mano y su lápiz, o como su mano y su expreso doble, o como su mano y su otra mano.
Decidió levantarse sin terminar su café hasta aproximarse a la caja y con una sonrisa que no se llegaba a completar en su rostro, le entregó una pequeña servilleta a la peliroja de 1,60 de altura que manejaba la caja. Ella lo toma y con un tímido gracias lo recibe,
Horacio cruza la puerta, se levantó el cuello del piloto azul infinito y su figura fue desvaneciéndose en esa fina llovizna primaveral...Mientras la chica de la caja se quedó pensando en el pequeño papel que recibió de un hombre extraño, más lo leía y más se hipnotizaba viendo por la ventana una lluvia extraña...
Aquel papel enunciaba: "Debes creer en la Primavera"
Juano.
0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home